Vivir en el semiárido: el agua como pregunta política
Pero en el semiárido, que vuelva el agua no significa que el problema haya terminado: también obliga a preguntarnos cómo la distribuimos, cómo la cuidamos y qué región queremos construir.
Hay lugares donde el agua forma parte del paisaje. Está en los ríos, en los canales, en los embalses, en la lluvia que llega con cierta regularidad y en una memoria colectiva que sabe que, después del invierno, vendrá la primavera. En el semiárido esa certeza no existe.
Aquí el agua se mira al cielo, se calcula en milímetros, se conversa en los campos, se mide en los embalses y se espera desde la cordillera. También se discute en reuniones, comunidades de regantes, municipios y oficinas públicas. Porque en la Región de Coquimbo el agua nunca ha sido solamente un recurso natural. Es una condición para vivir.
Y por eso también es una pregunta política.
Este año la lluvia volvió a sorprendernos. Después de años de bajos caudales, las precipitaciones de 2026 cambiaron temporalmente el escenario hídrico regional. Según CEAZA, los caudales habían acumulado siete años por debajo de sus niveles históricos, pero las precipitaciones y la nieve de este invierno permiten proyectar una recuperación importante durante los próximos meses.
A fines de agosto, el agua embalsada alcanzaba el 56% de la capacidad regional. Choapa llegaba al 100%, Limarí al 58% y Elqui al 32%. Son buenas noticias. Pero sería un error confundir una recuperación con el fin del problema. Porque vivir en el semiárido significa precisamente aprender a desconfiar de las certezas.
Una temporada lluviosa puede llenar un embalse. Una tormenta puede devolverle agua a un río. La nieve puede asegurar caudales durante los meses siguientes. Pero ninguna de esas cosas elimina por sí sola las transformaciones que está viviendo nuestro territorio.
La Región de Coquimbo continúa enfrentando un proceso de desertificación y una situación hídrica que ha obligado al Estado a mantener herramientas extraordinarias para enfrentar la escasez. De hecho, durante 2026 se prorrogaron los decretos de escasez hídrica para Elqui, Limarí y Choapa.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué hacemos cuando vuelve el agua?
Porque durante los años secos aprendimos a hablar de emergencia. De camiones aljibe. De restricciones. De infraestructura. De eficiencia. De nuevas fuentes. De cómo asegurar el consumo humano.
Pero una política hídrica no puede construirse solamente cuando falta agua. También debe construirse cuando vuelve.
Y quizás ese sea uno de los grandes desafíos del momento: transformar esta pausa de alivio en una oportunidad para pensar de otra manera nuestra relación con el agua.
El problema no consiste solamente en cuánto llueve. También importa quién decide sobre el agua, cómo se distribuye, qué usos se priorizan, qué infraestructura construimos, cuánto consumimos y qué territorios quedan más expuestos cuando la disponibilidad disminuye.
En una región donde conviven ciudades que necesitan asegurar su abastecimiento, pequeños agricultores, grandes actividades productivas, comunidades rurales y ecosistemas que también dependen del agua, la discusión no puede reducirse a una competencia entre sectores.
Necesitamos una conversación más amplia.
Porque el agua que llega a la cordillera, baja por los valles y termina almacenada en un embalse no conoce los límites administrativos que nosotros dibujamos en un mapa. Forma parte de una misma cuenca, de una misma trama territorial.
Y allí aparece una idea que debiera estar en el centro de cualquier conversación regional: seguridad hídrica no significa solamente tener agua almacenada. Significa tener capacidad para garantizar la vida, sostener las actividades económicas, proteger los ecosistemas y enfrentar los años difíciles sin que la carga recaiga siempre sobre los mismos.
El semiárido nos obliga a pensar a largo plazo. Nos obliga a mirar más allá de la próxima lluvia, del próximo verano o de la próxima emergencia. También nos obliga a preguntarnos qué tipo de región queremos construir. Una región que administra la escasez cuando llega. O una región que aprende a vivir con ella.
Porque quizás el gran cambio cultural que necesitamos es entender que en Coquimbo el agua no es una excepción de la política. Es parte de ella.
Está en cómo planificamos nuestras ciudades. En cómo protegemos los territorios rurales. En cómo pensamos la agricultura. En cómo diseñamos nuestra infraestructura. En cómo enfrentamos el cambio climático. En cómo distribuimos oportunidades y riesgos.
Y también en algo más básico: en decidir qué significa garantizar el derecho de las personas a vivir dignamente en un territorio donde el agua será, cada vez más, una cuestión estratégica.
Este invierno nos recordó que el semiárido puede sorprendernos.
La pregunta es si nosotros también seremos capaces de sorprendernos a nosotros mismos y aprovechar el agua que volvió para construir una política hídrica distinta.
Una que no espere la próxima sequía para comenzar a pensar.
Una que entienda que cada gota tiene una historia, un territorio y también una decisión detrás.
Porque vivir en el semiárido no significa resignarse a la escasez.
Significa aprender a gobernar el agua.
Y eso, finalmente, es una pregunta profundamente política.
CÍRCULO NORTE | Una mirada amplia desde el territorio.